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Pasaje Matte 1910.

Difícil se nos hace pensar que aun a fines del siglo XIX, las tranquilas calles de Santiago eran animadas por el característico sonido de los cientos de vendedores ambulantes que recorrían la ciudad ofreciendo sus mercancías a grito pelado, montados en una cansada mula. Éra éste uno de los últimos vestigios de la época colonial, que estaba siendo rápidamente borrada por el refinamiento europeo que la ciudadanía quería impregnar en las construcciones, modas y sus costumbres.

El comercio no sólo se concentraba en éstos populares mercaderes, sino que se había establecido desde hace mucho en los tradicionales portales de la Plaza de Armas, donde se ofrecían productos de la más diversa especie. A medida que el 1800 fue avanzando, esos locales modestos se fueron transformando en una sucesión de tiendas del mejor nivel, donde los productos importados tenían especial figuración. Uno de los más conocidos era el antiguo Portal Tagle, ubicado al oriente de la plaza, y que fue reemplazado hacia 1864 por un moderno edificio de reminiscencias neoclásicas, encargado por el empresario Carlos Mac Clure. Trece años más tarde, el arquitecto Ricardo Brown junto con el ingeniero Daniel Barros Grez, son los encargados de expandir este centro comercial, construyendo el “Pasaje Mac Clure”: una moderna solución urbanística que uniría las calles de Merced y Monjitas, a través de una galería comercial techada. “Con suma actividad se continúan los trabajos en sus elegantes galerías. Se han colocado ya casi todas las lámparas que sostendrán las cariátides i cuando estén en su lugar algunas de éstas que aun no se han puesto, podrá abrirse ese suntuoso centro comercial al público”. Diario La República, junio 22 de 1877.

La Plaza de Armas de Santiago, por Joseph Selleny. 1859. Expedición Novara. Colección Museo Histórico Nacional de Chile.
Trece años más tarde, el arquitecto Ricardo Brown junto con el ingeniero Daniel Barros Grez, son los encargados de expandir este centro comercial, construyendo el “Pasaje Mac Clure”: una moderna solución urbanística que uniría las calles de Merced y Monjitas, a través de una galería comercial techada. “Con suma actividad se continúan los trabajos en sus elegantes galerías. Se han colocado ya casi todas las lámparas que sostendrán las cariátides i cuando estén en su lugar algunas de éstas que aun no se han puesto, podrá abrirse ese suntuoso centro comercial al público”. Diario La República, junio 22 de 1877.

El refinado edificio estaba protegido por una cubierta vidriada, sustentada por gruesas columnas corintias, arcos rebajados y una serie de esculturas realizadas por el artista Nicanor Plaza. Hacia el sur de la galería, se construyó una caprichosa gruta artificial a cargo de los artistas Domingo D’Anglard e Isidoro de Blancheteau. La fantasía de 80 metros2 era una cámara que imitaba una caverna con estalactitas y estalagmitas, humedecida por un acuario y una cascada. Un pasaje semioculto permitía ingresar a otra cámara, donde había una cascada de mayores dimensiones con un estanque que contenía ranas y lagartos. Los muros rocosos habían sido pintados por Blancheteau, imitando murciélagos, ratas, arañas y otros animales de las cavernas. La escenografía sería iluminada tenuemente por faroles a gas, y esperaba ser todo un atractivo para los visitantes. Convivió en este onírico ambiente, el famoso Café de La Bolsa, la farmacia Brand, la primera tienda de libros usados de G. Cueto, el Club de la Democracia, la Loggia Masónica, las oficinas del Colegio de Periodistas, y la cordonería La Bola de Plata, especializada en la importación de cachemiras negras y de colores, géneros blancos, terciopelos y adornos para vestidos. También el Centro Catalán, institución fundada en 1907 siendo su Presidente el conocido arquitecto José Forteza, quien contribuyó a posicionar este club como un concurrido espacio de promoción para las actividades intelectuales y artísticas.

En los altos, con vista hacia la plaza, vivió don Pedro Montt, quien sería Presidente años más tarde. El escritor Luis Orrego Luco recuerda: “el 31 de diciembre de 1890 había sido yo invitado por don Pedro Montt a comer a su casa situada en los altos de la Galería San Carlos esquina de la Plaza de Armas con Mercado. Era una comida íntima a la cual asistieron don Carlos Varas, don Luis Montt, el General Urrutia –de barba cana, viejo y algo cojo-, don José Luis Besa. Doña Sara del Campo de Montt, por aquel tiempo joven y hermosa, de grandes ojos negros, de gracia y vivacidad andaluza, presidía la mesa y la acompañaban sus hermanas Ángela y Antonia, de quien yo estaba enamorado entonces…”. Orrego, L. Memorias del Tiempo Viejo. Ediciones Universidad de Chile. 1984

En 1927 el Portal McClure sufrió un terrible incendio que dañó severamente el ala sur del edificio; la galería San Carlos fue parcialmente destruida, y a pesar de las posibilidades de reconstrucción, se prefirió optar por su demolición – y la de todo el portal- en 1929. Hoy el pasaje Phillips y el Portal Bulnes, ocupan su lugar.
En la acera sur de la plaza se extendía el Portal Fernández Concha, denominado antiguamente como de Sierra Bella. Sus planos estuvieron a cargo del arquitecto francés Lucien Hénault, pero fueron ejecutados por el inglés W. Hoveden Hendry en 1872. Tres grandes cúpulas decoradas con esculturas, servían de remate al edificio de tres niveles, que distribuía armónicamente una sobria ornamentación neoclásica, compuesta por pesados frontones, balaustradas, balconajes de fierro, grandes vidrieras, columnas adosadas y pilastras revestidas con mármol. Tal refinamiento fue complementado con la presencia de un exclusivo comercio, entre los que se contaban la perfumería La Mayor, la Casa Británica, la juguetería Casa Senda, la Relojería de José Huber y la exclusiva Peluquería Parisiense.
La peluquería Parisiense funcionaba en el portal Fernández Concha desde 1877. Ofrecía peluquería para señoras y caballeros en secciones diferentes, servicios a domicilio y el asesoramiento de estilistas franceses que trabajaban en el lugar. El incendio de 1930 la destruyó por completo. Imagen en: Revista Familia, agosto 1917.

La plaza de Armas era un sitio muy concurrido sobretodo en las mañanas, sitio predilecto para reunirse con los amigos o familiares, e ir a deambular por el circuito comercial en las calles aledañas.

Los altos fueron reservados para las oficinas de importantes firmas, como la de Weir Scott y Cía., importadores de productos de consumo, que alcanzó a ser la mayor casa importadora de Té en nuestro país. El tercer nivel fue ocupado por el lujoso Hotel Santiago, que ofrecía un equipamiento suntuoso y una cocina del mejor nivel, dirigida por el chef francés Alexandre D’Huique, que deleitaba a los visitantes con sus famosos consommé aux profiteroles, la supréme de volailles y el pudding Nesselrode.

El Hotel hacia 1880 se convierte en el Gran Hotel Inglés, primero en contar con luz eléctrica en sus instalaciones. Más tarde pasaría a llamarse sucesivamente, Hotel de Francia, Milán y por último Plaza, pionero en incluir en sus habitaciones baños privados.

En el mismo nivel funcionó también el Club Militar, fundado en 1904, y que se enorgullecía de sus instalaciones, donde no existía “esa suntuosidad chocante y de mal gusto de otros centros sociales, la sencillez de sus amueblados, decoraciones acusa una organización severa e inteligente. Posee una buena biblioteca y sala de lectura; extensos comedores, un regio salón de recepción, sala de billares, cantina, peluquería, sala de esgrima…”. Revista Sucesos, agosto 1916.
La gloriosa fisonomía del portal desapareció en la década de 1930 producto de un incendio. En su reemplazo, la firma de arquitectos Smith Solar& Smith Miller construyó un nuevo portal, el mismo que vemos hoy en día; y que albergó hasta hace poco el famoso Chez Henry y el Quick Lunch Bahamondes.

En la misma manzana que ocupaba el Portal Fernández Concha, se encontraba la antigua Galería del Comercio o Pasaje Bulnes, que había sido encargada a inicios de 1850 por el General Bulnes al arquitecto francés Francois Brunet DesBaines. Tomando las ideas de los pasajes techados que proliferaban en el Paris de Haussman, el arquitecto creó un extenso pasaje de dos niveles con cubierta vidriada, conformado por tres grandes brazos unidos por una rotonda central, con salidas a calle Ahumada, Estado y Huérfanos. “Hace tiempo visité las principales capitales del Viejo Mundo y puedo asegurarles que he visto muchas galerías mercantiles, algunas más vastas que las de Santiago; pero en Paris mismo no he visto ninguna que la sobrepuje en gusto, armonía i elegancia; honra pues a la ciudad de Santiago que posee un edificio, digno de las primeras capitales del mundo civilizado; honra a don Manuel Bulnes que no ha temido en arriesgar una gran fortuna en la realización de un gran pensamiento; honra a M. Brunet DesBaines que ha ejecutado este pensamiento con tanta maestría”. Diario El Museo, diciembre 1853.
Posteriormente, a raíz de la construcción del Portal Fernández Concha, el arquitecto Lucien Henault finaliza la galería agregándole un brazo más con salida a la calle Merced, pasa entonces a llamarse Pasaje Matte, en honor a su nuevo propietario don Domingo Matte. El establecimiento no tardó en consolidarse como el preferido de la aristocracia santiaguina, sobre todo por el público femenino que veía en ella un interminable conjunto de las mejores tiendas de novedades de la época. Ahí estaba Chessé y A La Ville de Paris especializada en novedades para señoras y caballeros. También la respetada peluquería de Gustavo Dumirail, la joyería Barros y en el número 25 del pasaje Matte, el atrayente sonido musical de las bandas de moda, llamaba la atención de los jóvenes, que se agolpaban para comprar un fonógrafo Victor o Pathé.
El pasaje Matte sufrió un incendio y fue remodelado en 1947. Resguardó desde entonces una gran cantidad de joyerías, tabaquerías y tiendas de electrónica, que fueron furor en la década de los 70 y 80; hoy el comercio ha cambiado levemente, pero sigue congregando a la multitud capitalina.

El Pasaje Bulnes tomó como modelo las grandes galerias parisinas, que existen hasta el día de hoy. De haberla conservado, podríamos pasear por uno de los más emblemáticos y antiguos centros comerciales de toda América Latina. Fotografía en Álbum Chile a la Vista, 1895. Biblioteca Brügmann.

La “Gran Fonografía Pathé” en el pasaje Matte 25, ofrecía variedad en óperas, operetas, zarzuelas, solos vocales, instrumentales, bandas y canciones sagradas, que se renovaban con la llegada de cada vapor. Publicidad en Revista La Ilustración, 1905.

En la esquina sur oriente de la plaza, el arquitecto Eugenio Joannon Croizier inaugurará a fines del XIX, una nueva generación de edificios comerciales construidos en base a estructura metálica y organizados interiormente con plantas libres, siguiendo los lineamientos que había impuesto el Bon Marché de Paris.

Gracias a este modelo, era posible organizar departamentos independientes en cada nivel del edificio, separando las novedades para señoras, niños o caballeros, y otros productos, ofreciendo además, espacios de gran luminosidad y una escenográfica puesta en escena, que maravillaba a todos los compradores.

Joannon levantó este inmueble en 1892 para La Tienda Inglesa de Ridell & Cía., una conocida casa de novedades para señoras, caballeros y niños; que planeaba posicionarse como un referente del comercio moderno.

El edificio, construido por perfiles metálicos encargados a Francia, tiene tres niveles, un subterráneo y una cúpula de madera. En el primer nivel “se ubican seis departamentos, incluyendo los de confecciones y hogar, además de oficinas y baños ubicados tanto a la izquierda como la derecha de la escalera principal. En el segundo nivel destaca un gran salón en el que se han dispuesto todas las comodidades para que las señoras puedan conversar, descansar y solicitar que se les lleve allí cualquier artículo de la tienda para probar o simplemente admirar. Junto a este salón se ubica el taller de sombrerería y otros departamentos. El tercer piso es utilizado como bodega, y contiene una sorpresa…suponemos que podría tratarse de un salón de té”, comentará la historiadora Jacqueline Dussaillant, en su libro Las Reinas de Estado, en base a la descripción que se desprende de la publicidad de la época.

En 1902 el sitio (que pertenecía a la sucesión Jaraquemada) y el edificio, es adquirido por Agustín Edwards, pasando a diversos propietarios más tarde. La casa Ridell sigue funcionando algunos años; cuando desaparece, oficinas variadas, bodegas y la Farmacia Bentjerodt ocupan el inmueble, siendo ésta última su huésped más duradero. También albergó la conocida Mercería Colón, que ofrecía hermosos menajes y ricas porcelanas importadas.
Hoy en día aun es posible apreciar la metálica arquitectura de este emblemático hito comercial de Santiago.

texto fuente: http://brugmannrestauradores.blogspot.com

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foto antigua obtenida desde Cidoc