[RMSTG0358]
0358
Instituto Pedagógico de Chile
Alameda con Cumming

“Sin buen profesorado no podemos tener buena enseñanza”. Fue la respuesta categórica que, en 1888, el entonces Ministro de Instrucción Pública, Federico Puga Borne, dio al gran educacionista Valentín Letelier, que promovía entre las autoridades del Ejecutivo la necesidad de contar en Chile con una institución que formara a los profesores secundarios chilenos, incorporando métodos modernos de pedagogía, didáctica y nuevas disciplinas científicas.

Valentín Letelier fundamentaba su propuesta de una institución superior, distinta de la Universidad de Chile, para formar los futuros profesores en dos razones principales: “1º porque la función docente estaba antes encomendada de una manera casi exclusiva al cuerpo eclesial de cada nación; y 2º porque reducida la enseñanza a la tarea mecánica de dar y recibir lecciones de memoria, no se necesitaba preparación alguna para ocupar una cátedra de profesor” (1).

Para el gestor principal del proyecto de creación del Instituto Pedagógico, la enseñanza moderna era una especialidad que no podía ser entregada simplemente a un profesional como un médico, ingeniero o abogado que careciera de herramientas como la didáctica y técnicas adecuadas para transmitir los conocimientos, de manera eficiente o desarrollar las competencias propias de los educandos. Así, el arte de enseñar debía quedar radicado en profesionales que surgieran de entre los mejores estudiantes de humanidades y a quienes el Estado, debía retribuirle mediante una beca y un sueldo mientras estudiaban pedagogía.

Esto reflejaba el contexto histórico en que nace el Instituto Pedagógico hacia fines de la década de 1880. Tanto educacionistas como la elite gobernante, estaban inmersos en el modelo positivista, que postulaba que el progreso nacional debía hacerse sobre bases científicas y, en el caso de la profesionalización docente, los profesores no sólo debían saber qué enseñar, sino también cómo enseñar. Así el país alcanzaría el desarrollo.

La apuesta púbica de formar educadores modernos quedaba reflejada en el contrato que ambas partes: Estado y beneficiarios, se comprometían: “Por último, el nuevo Instituto (Pedagógico) quedaría sujeto al régimen de internado y contaría, como la Escuela Normal de París, de cierto número de becarios elegidos entre los más distinguidos bachilleres en humanidades en todos los liceos. En cambio de las becas y pensiones que recibirían del Estado, ellos se comprometerían: 1º a suplir gratuitamente a los profesores del Instituto Nacional y de los liceos de esta ciudad; 2º desempeñar en las mismas condiciones los cargos administrativos subalternos del Instituto Pedagógico; y 3º a servir durante nueve años en los liceos del Estado una vez que terminaran su preparación pedagógica (2).

El tesón puesto por Letelier y la claridad política primero del Ministro Puga y luego de su sucesor, don Julio Bañados Espinoza, hizo que el gobierno del Presidente Manuel Balmaceda, (no obstante la grave crisis en que se encontraba el país y que lo llevaría a la guerra civil), concreta el proyecto de creación del Instituto Pedagógico el 29 de abril de 1889.

Es así, que el Secretario Ministerial Puga, encomendó al embajador de Chile en Berlín la contratación de seis profesores de instrucción superior, para que se hicieran cargo de la formación de las primeras generaciones de pedagogos chilenos. Y a su vez, el Ministro Bañados, toma en arriendo la casa con el número 178, de la calle de las Delicias (actual Alameda Libertador Bernardo O’Higgins), por un monto anual de cinco mil pesos, adquiriendo el mobiliario indispensable, y solicitando a Europa una gran cantidad de instrumentos y útiles para la enseñanza práctica.

Sin embargo, la puesta en marcha de las actividades académicas del Instituto Pedagógico no estuvieron exentas de dificultades; junto a la resistencia de ciertos profesores acostumbrados a las técnicas tradicionales, del rol que el Instituto tendría con la Universidad de Chile y el incentivo que los bachilleres en humanidades egresados de los liceos tendrían, para optar a la profesión docente, hacían que los primeros rectores del Pedagógico, reclamaran para aumentar la matrícula porque estimaban que era insuficiente para las necesidades del país. Pero había también, otras dificultades de carácter más estructural, como la masiva deserción escolar que afectaba al conjunto del sistema estudiantil, incluso existiendo propuestas de cierre de aquellos establecimientos donde concurrían muy pocos alumnos. No obstante, la razón principal radicaba en la falta de una política educacional, que consagrara la educación primaría, como universal y obligatoria, hecho que recién ocurriría en 1920.

Aunque, resulta interesante constatar también otras perspectivas que fueron tornándose relevantes, con la creación del Instituto Pedagógico. Por ejemplo, desde los primeros años la participación femenina fue fundamental. En 1911, solo a cinco años de su fundación, el rector del Instituto Domingo Amunátegui Solar, indicaba que entre los matriculados había 83 mujeres y 52 hombres, situación que pone de manifiesto la importancia del rol de la mujer en la educación.

Otro caso a destacar, es el especial cuidado que tuvieron las autoridades de la época en atraer postulantes de regiones y con ello homogeneizar la enseñanza en todo el país. Como bien sostiene, Mónica Perl: “los alumnos de provincias representaban en 1915, casi tres cuartas partes de los profesores titulados en el Instituto Pedagógico, mientras que los santiaguinos, cuya presencia ciertamente aumentaba, sólo se empinaban a cifras cercanas al 20%. Los demás eran extranjeros que volvían a sus países o bien habían emigrado al nuestro” (3). Y aunque el atractivo de la capital hacía que un número de titulados permaneciera en Santiago, los que volvían a sus localidades contribuyeron a expandir una enseñanza de carácter nacional.

En resumen, con la creación y vigencia del Instituto Pedagógico se modernizó la profesión docente; “Profesor de Estado”, nombre con el que se identifico por tantas décadas, por medio de la incorporación de las disciplinas científicas y de la técnicas pedagógicas; se insertó la formación universitaria del profesorado chileno en el proceso de consolidación del Estado nación y no se discriminó el acceso de la mujer al preceptorado, como se hizo en otras áreas del conocimiento universitario. Y con ello, concordar con la consideración hecha por el historiador Rolando Mellafe que señaló, que el “Instituto Pedagógico representa el tercer hito cultural del país, durante el siglo XIX, tras la creación del Instituto Nacional y la Universidad de Chile”.

fuente de texto http://www.archivonacional.cl/

0358_Antiguo_actual
foto antigua obtenida de EspacioDeLasArtesConchayToro