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Frontis de la Estación Mapocho 1930.

Desde un pequeño lago a 32º 40’ de latitud sur, inician su curso las aguas del río Mapocho, “el río que se pierde en la tierra” (Mapu-cho), según el gráfico decir de los indígenas.

Sigue desde allí una dirección nor-este a sur-oeste, y a los cincuenta kilómetros de su curso, luego de ser incrementado con diversos caudales, atraviesa la ciudad de Santiago. Acentúa luego su rumbo sur-oeste y se filtra en la tierra, desapareciendo totalmente. ¿Chuchun-co? dicen allí los indios (¿Qué se hizo el agua?) y un lugar de los contornos llega así con el nombre de Chuchunco hasta nosotros.

El agua ha sido absorbida por la tierra y continuará como corriente subterránea para reaparecer más al poniente, en tierras de otros indios que, regocijados, las verán emerger cerca de sus campos de cultivo.

Durante los años coloniales el río Mapocho es el verdadero amo de la ciudad. A la llegada de los españoles sus dos brazos, el grande y el de la Cañada futura, rodean por entero su emplazamiento, encerrándola en una verdadera isla; y, antes que ellos llegaran, un tercer brazo se colaba impetuoso por lo que después será el camino de Chile (Avenida Independencia), brazo que en ocasiones habrá de recobrar sus fueros, dando cauce a sus aguas como antaño.

Desde este primer siglo de su vida las aguas del Mapocho atenderán todas las necesidades de la ciudad de Santiago. Ellas proporcionarán bebida; ellas regarán los campos de cultivo; ellas moverán los molinos; y ellas, cruzando por solares, harán el aseo y mantendrán la higiene.

Mientras no fue posible hacer uso del “agua de Ramón” de las vertientes de Tobalaba, los habitantes de Santiago se ingeniaron por diversos medios para extraer agua de bebida del río Mapocho y llevarla hasta la ciudad, a pesar de la “sumamente pestilencia revuelta con puelcura” de que adolecía, al decir del Cabildo.

Por diversos acueductos se sacaba también agua para el regadío de los campos vecinos y para mover molinos que fueron instalándose poco a poco, primero en las faldas del cerro Santa Lucía y luego en otros lugares.

Para el aseo y regadío de los solares se sacaba desde los primeros años de la fundación de un canal matriz que conducía las aguas a la ciudad, bordeando el cerro Santa Lucía, canal que indudablemente había sido construido por los indios antes de la llegada de los españoles.

Desde este canal arrancaban las acequias interiores de la ciudad las que, siguiendo el natural desnivel del terreno, cruzaban calles y solares de oriente a poniente. Sus aguas mantenían una relativa higiene en la ciudad; pero, al mismo tiempo, causaban serios quebrantamientos con sus continuos desbordes a causa de los tacos que los vecinos hacían para regar sus huertas.

El Cabildo hubo de tomar medidas, prohibiendo en 1554 que se hicieran tales tacos. Ordenó al mismo tiempo que las acequias, en la parte en que cruzaban las calles, fuesen construidas con cal y ladrillo; y que entre una casa y otra se colocasen rejillas, medida esta última que ocasionó continuos aniegos, obligando al Cabildo, durante toda la era colonial a dejarla sin efecto y a reponerla, alternativamente.

Tal era el aspecto positivo del río Mapocho. Pero, como buen amo, tenía también momentos desgraciados que llenaban a la ciudad de pánico, ruina y desolación.

Tal ocurría con las inundaciones que se repitieron periódicamente en la Colonia, hasta que tajamares sólidamente construidos lograron contener el empuje de las aguas.

La primera inundación se produjo en 1574. El agua irrumpió por varias partes, corriendo por las calles de la ciudad hasta la altura de la cincha de los caballos, como si ellas fueran su propio cauce.

En la Cañada corrían de “monte a monte”, golpeando las paredes de los edificios. Por la plaza pasaban dos brazos torrentosos de agua: uno por su costado norte y otro por su costado sur. Algo parecido ocurría en las calles hoy día llamadas Puente, Santo Domingo, Huérfanos y Moneda.

Los perjuicios fueron enormes; varios indios que pretendieron atravesar la calle frente a la iglesia de la Merced fueron arrastrados por las aguas; y, a más de ello, se arruinaron casas y derribaron paredes.

Otra inundación se produjo en 1581. Esta vez las aguas se cargaron hacia el norte del río, irrumpiendo por su antiguo cauce de la Cañadilla y arrasando casas, molinos y acequias de la Chimba.

Y esto fue sólo en el Siglo XVI (primeros años de la fundación) a que nos estamos refiriendo. Ya veremos cómo en los siglos posteriores las inundaciones se repitieron periódicamente; y cómo el Amo hacía y deshacía la ciudad a su amaño.

fuente de texto: http://urbatorium.blogspot.com/

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foto antigua obtenida desde Fotos Historicas De Chile