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Pileta del Parque Inglés
Avenida Providencia 1958

Fue el 25 de febrero de 1897 cuando el entonces Presidente Federico Errázuriz Echaurren decretó la división de la comuna de Ñuñoa, creando así una nueva comuna en el oriente de Santiago.

Providencia era entonces un incipiente poblado de 5.000 habitantes.

La existencia del Convento de “Las Monjas de la Providencia”, ubicado en la acera sur del principal camino, motivó que los habitantes llamaran esa vía el “Callejón de la Providencia”, dando origen al nombre de la comuna.

Los comienzos de Providencia fueron precarios: no existía luz eléctrica, escuelas ni edificio municipal.

El año 1910 trajo consigo importantes adelantos: abre sus puertas el Liceo José Victorino Lastarria, se decreta como obligación el pago de patente a los vehículos y se dictan además, las primeras ordenanzas de tránsito.

Con los ingresos provenientes de estos impuestos y de los nuevos avalúos de la época, comienza una era de gran progreso: se empiedran las calles, se construyen veredas y se colocan lámparas a gas.

Ocho años después se instala la luz eléctrica, se dividen los fundos y chacras, formándose pequeñas quintas con huertos frutales en el barrio Manuel Montt y Salvador, donde llegan las primeras familias de Santiago.

En 1925 se urbaniza el fundo Los Leones que comprendía todo el sector entre Pedro de Valdivia y el canal San Carlos. También en esos años se efectúan los trabajos de relleno del rio Mapocho, lo que permite formar la Avenida Costanera y el Parque Balmaceda.

Se inicia así un período de progreso y desarrollo de la nueva comuna de Providencia.

Las monjas que nos bautizaron

No todas las comunas tienen, como Providencia, monjas entre sus pioneros. A ellas Providencia debe su nombre, porque tres monjas y dos novicias canadienses que vinieron a parar a Chile por error, su destino real era Oregón (Estados Unidos), son las Hermanas de la Divina Providencia.

Monjas que por lo demás realizaron una enorme labor con huérfanos y enfermos, y que tienen a su haber una misteriosa intriga que llegó en su momento hasta los mismísimos pies del Santo Padre. Por ahí por 1860 se eligió superiora, democráticamente, a la Madre sor Amable, una dama muy distinguida de la sociedad francocanadiense. Esta Superiora fue llamada a Canadá poco tiempo después de su elección y el Arzobispo Valdivieso nombró reemplazante a Sor Bernarda Morín.

La Superiora, que aún no se iba, ignoro por qué razones, reunió a sus monjas y las arengó para desconocer el nombramiento, y obedecer en cambio a la Madre Sor María del Sagrado Corazón.

La reacción del obispo consistió en convencer a la Superiora de que aceptara el nombramiento hecho por él, aunque tuvo que dejar a las monjas en libertad de decidir si aceptaban su mandato o regresaban a su país de origen.

Las monjas aceptaron a Bernarda Morín como superiora, pero acto seguido quince de ellas volvieron a Montreal, y una vez allá presentaron una acusación formal en contra del entrometido obispo Valdivieso.

Así fue que comenzó entonces una larga polémica entre las jerarquías de Canadá y Chile, la cual como era insoluble, fue dejada de común acuerdo al arbitrio del Papa.

Y el Papa resolvió finalmente que Bernarda Morín era la legítima Superiora de todas las casas de las Hermanas de la Providencia en Chile… Cargo que detentó hasta morirse, de 97 años, en 1929.

A la luz de la parafina

Desde un punto de vista muy diferente, vale la pena recordar que Providencia fue primero un sector de la entonces vastísima comuna de Ñuñoa. Seis años duró en esa condición, antes de ser independizada en 1897 por el Presidente Federico Errázuriz Echaurren.

Se había ido poblando lentamente y ya podía reunir de sobra las rentas necesarias para su funcionamiento.

Por otra parte, toda Las Condes actual fue en un principio parte de Providencia, hasta 1903, año en que también se le amputó Bellavista, que pasó al ámbito de Recoleta. Más tarde, bajo el gobierno de Ibáñez, Las Condes volvió a pertenecer a Providencia, por un par de años, entre 1928 y 1932, mientras que Bellavista ha vuelto bajo el gobierno del Presidente General Augusto Pinochet Ugarte.

Aunque era rica en muchos sentidos, la comuna nació con suma sencillez. Se arrendó por años una casa la de doña Ana de Valdivieso para que hiciera de sede municipal. Las calles eran barriales, ninguna con pavimento.

El primer alumbrado público consistió en 33 lámparas a parafina colgadas en lugares estratégicos. El vecino Noé Huerta era el encargado de mantenerlas, encenderlas y apagarlas, y sus honorarios alcanzaban la suma de cuatro pesos mensuales por lámpara. Y ya en 1907 se aprueba cambiar la iluminación a parafina por el gran adelanto de esa hora: iluminación a gas.

Por su parte, la luz eléctrica llega al poco tiempo, en 1910, bajo la alcaldía de don Ricardo Lyon: se instalaron 314 lámparas incandescentes de 50 bujías.

Pero la luz avanzaba desde diferentes direcciones: en 1902 había dos escuelas en la comuna, mantenidas por el municipio; su asistencia promedio era de cien alumnos. Como se puede ver, no es del todo nuevo que las Municipalidades se preocupen de educar, dentro de su jurisdicción.

También conservan el aroma propio de su época las primeras ordenanzas del tránsito, dictadas a comienzo del siglo, no exentas de un gran poder ilustrativo sobre lo que eran esos tiempos: se prohíbe transitar con piños sueltos por la calle, se prohíbe andar por las veredas a caballo o en bicicleta, se prohíbe dejar vehículos abandonados en medio de la calle.

Cuando se encuentran de frente dos vehículos que van en sentidos contrarios, cada conductor deberá hacerse a la izquierda todo lo necesario para poder cruzarse. Queda prohibido ir a velocidades mayores que el trote de un caballo, y los automóviles no podrán ir a más de 20 kilómetros por hora. Al disminuir la marcha, los cocheros deben levantar la fusta para prevenir a los que vengan detrás.

Historias de Palacio

Cuentan que hacia 1940, la Municipalidad de Providencia estaba buscando un edificio propio para instalarse que estuviera acorde al progreso de la comuna.

Anteriormente, había adquirido la casona donde hoy se encuentra el Mercado Municipal, la que a falta de recursos para su mantención, acabó convertida en ruinas. Sólo siete años más tarde, el alcalde de la época, Guillermo Martínez, conoció el Palacio Falabella en un remate de muebles organizado por su entonces propietario, Manuel Cruzat.

Este edificio había sido mandado a construir por Arnaldo Falabella, dueño de una importante sastrería, al prestigiado arquitecto Guillermo Mancelli. Falabella le había comprado el sitio al no menos famoso arquitecto Josué Smith (autor del Club Hípico y del Hotel Carrera).

El alcalde se enamoró de la majestuosidad y belleza del Palacio y avergonzado le ofreció a Cruzat lo que la Municipalidad podía pagar por el edificio. Cruzat, sorprendido por la oferta, le dijo que la Embajada Soviética le ofrecía el doble.

Nadie imaginó que una semana más tarde Cruzat llamaría al alcalde para cerrar el trato: la comuna de Providencia tenía Palacio Consistorial.

fuente texto http://www.providencia.cl/

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foto antigua obtenida de FotosHistoricasDeChile