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Laguna en avenida Providencia años ’40s.

Por alguna razón quizás relacionada a la tradición del Hanami o la contemplación de los florecimientos en la vegetación, muchos de estos aventureros japoneses crearon en Chile campos de cultivo, producción de flores y de árboles frutales, varios aquí mismo en la Zona Central. Muchos se familiarizan con las tradiciones chilenas y el folklore de la vida semiagrícola imperante. La colonia sigue siendo ostensiblente baja, sin embargo: junto a los 3.750.000 habitantes censados en 1920, sólo vive un puñado de japoneses divididos en 513 hombres y apenas 44 mujeres.

Al fallecer su padre el Emperador Yoshihito, en 1926 Hirohito asume como el Emperador Sh?wa, despertando gran interés y fervor tanto de los japoneses residentes en la isla como de los repartidos por el resto del mundo. La colonia nikkei en Chile se manifiesta enviando saludos y honores al joven soberano, acompañados de un elegante obsequio: una fina montura huasa chilena que, según anota Takeda, fue llevada hasta la casa imperial por un empresario de Valparaíso llamado Heske Senda, mismo que en los días del Centenario había implementado una exposición de hermosa y delicada porcelana artística nipona dentro del flamante Palacio de Bellas Artes.

El regalo llevado por Senda dejó complacido al Emperador, quien, en una forma de retribución, hizo enviar a Santiago de Chile un verdadero bosque de cerezos sakuras, árboles de la flor nacional en la cultura del Japón y su simbología no heráldica. Según las memorias apuntadas por Kyutaro Tsunekawa, la cantidad de estos arbustos fue de 3.000 unidades.

Justo en esos días, las autoridades chilenas llevaban adelante un proyecto de remodelación de todo lo que antaño había sido el antiguo tramo oriente del Paseo de los Tajamares concretados durante la administración colonial de don Ambrosio O’Higgins. Trabajos que, entre otras cosas, significaron la demolición del antiguo obelisco o “pirámide” que celebraba la construcción de aquellos mismos malecones y que fuera destruido en 1927, existiendo hoy una réplica de ladrillo allí junto a la avenida Providencia, cerca del puente peatonal Condell o Racamalac.

El entonces Alcalde de Providencia, don Almanzor Ureta, no bien asumió ese mismo año se empeñó en erradicar los ruinosos peladeros, la calle costanera junto al río y los basurales que ahora ocupaban el lugar del desaparecido paseo colonial. Su proyecto, además, permitió dar ocupación a una gran cantidad trabajadores afectados por la crisis post Caída del ’29, que también había repercutido en las plazas laborales chilenas durante el Gobierno de Carlos Ibáñez del Campo.

En los señalados terrenos adyacentes al río Mapocho, entonces, fueron plantados todos estos cerezos japoneses hasta casi encima de la ex Plaza Italia, donde acababa de instalarse también el conjunto monumental del General Baquedano. Bautizado el nuevo paseo como Parque Japonés, fue inaugurado hacia 1930 de acuerdo a los planos del paisajista austriaco Óscar Praguer, convirtiéndose de inmediato en uno de los lugares de esparcimiento favoritos de la sociedad chilena, ya que funcionaba también como una suerte de continuación del Parque Forestal mientras la ciudad seguía creciendo hacia el sector oriente.

DEL PARQUE JAPONÉS AL PARQUE GRAN BRETAÑA

A principios de 1943, en medio de la euforia política importada desde los acontecimientos de la guerra, el Gobierno de Juan Antonio Ríos proclama la ruptura con los países del Eje y notifica a las embajadas de Alemania, Italia y Japón de un plazo para abandonar Chile. La presión fue tal que el Canciller Barros Jarpa había debido ser reemplazado por Joaquín Fernández Fernández en el cargo, durante el año anterior. Paralelamente, cobraban vigencia las siniestras “listas negras” contra ciudadanos sospechosos (con cargos reales o inventados) y una sucia historia secreta de espionajes e influencias sombrías comienza a escribirse desde ese momento, donde principios como la presunción de inocencia y las mínimas garantías del derecho se diluyen al calor de las circunstancias.

Excediendo todas las normas y mesuras, muchos japoneses fueron mantenidos relegados en Casablanca o en Buin, y el día 16 de septiembre siguiente se notificó al cuerpo diplomático y consular que tenían sólo 24 horas para abandonar el país, abordando contra reloj un tren en la Estación Mapocho para retirarse. Allí, tras ser sometidos a una humillante revisión, burlas y retención de valijas en algunos casos, los representantes se marchan acompañados por comerciantes y funcionarios también japoneses, que partieron voluntariamente con ellos. Pocos meses después, le toco lo propio a los alemanes e italianos.

No contento con la radical decisión diplomática, el Presidente Ríos procedió a uno de los actos más vergonzosos y patéticos de zalamería tercermundista que se han conocido en esta región del mundo, una calaverada innecesaria muy poco comentada en nuestra época: en abril de 1945, ya ajeno a las presiones aliadas o del expulsado Eje, La Moneda proclama urbi et orbi una absurda “declaración de guerra” contra Japón, en momentos en que el final de la conflagración mundial ya estaba prácticamente resuelto y sólo faltaba el sorpresivo pero controversial azote atómico dado en agosto contra Hiroshima y Nagasaki, para acelerar la ya inminente rendición nipona.

En la práctica, el único efecto concreto que tuvo esta poco decorosa “declaración de guerra” fue el infantil cambio de nombre del Parque Japonés con sus hermosos cerezos por el de Parque Gran Bretaña, en una necia adulación al principal representante europeo del bloque de los Aliados. La declaración bélica y cambio de nombre estuvieron acompañadas de restauraciones del paseo y la instalación del obelisco que ahora se consagra a la memoria de Balmaceda allí en la entrada del parque. Fue lo más “audaz” que hizo Chile en el contexto de alguna clase de participación en la Segunda Guerra Mundial, si es que acaso se le puede definir de esa manera.

La razón de este acto -que suena tan inaudito- se explica también en el interés casi impulsivo de Ríos por ingresar a la naciente Organización de las Naciones Unidas, ONU, apenas fuera anunciada en Yalta su creación en febrero de 1945, mes en el que Chile emite primero una teatral declaración de “estado de beligerancia” con Japón esperando que fuera suficiente para entrar al grupo. Sin embargo, como la ONU exigía entonces a sus miembros declarar explícitamente la guerra a alguna de las potencias del Eje, La Moneda decidió ir un paso más allá en abril, ganándose así el boleto de membresía que ha permitido a algunos justificar esta polémica decisión de esos años.

A consecuencia de la misma decisión, los cerezos japoneses fueron olvidados y nunca más se les dio debida mantención, desapareciendo con el aspecto floral del antiguo parque, que era especialmente visible en las primaveras. Tsunekawa señala que ya se habían secado todos ellos hacia fines de la década del cuarenta.

Los inocentes cerezos perecieron víctimas de las convulsiones de la historia del siglo XX, dicho de otra manera.

fuente texto http://urbatorium.blogspot.com

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foto antigua obtenida de FotosHistoricasDeChile